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EL CABALLERO DE ENIGMÁTICO SILENCIO

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EL CABALLERO DE ENIGMÁTICO SILENCIO

 

UN CAFÉ DE SEMILLAS TOSTADAS Y FRUTO MOLIDO

 

Ambivalente andaba mi corazón. Por un lado la dicha sin igual al verme en la Escuela Superior, y por la otra, la angustia ondulante dentro de mí.


Escuché el preámbulo con atención. Miraba a lado y lado. Unos sonreían, otros acartonados. Tal vez más que yo.

Al salir, nos acercamos, ambas habíamos escuchado sin musitar palabra. La invité a una taza de café. Me contó un rasgo de su vida. La miraba como aquella mujer de cierta clase social. Su cabello café claro hacia juego con sus ojos y esa sonrisa que invita a sonreír. Tuve la intuición que seriamos grandes amigas.

Caminé en dirección a la casa. Llevaba en la mente la síntesis de las conferencias,  y en la boca, el suave sabor que deja el avanzar un paso más en la cristalización de mis sueños.

Pesaba el bolso por la dura jornada.

Quise tomar un libro, pero no, el cerebro ordenó dormir.


Esa sensación que pellizca las yemas de los dedos al tomar entre tus manos el primer ejemplar de introducción al derecho. Era extenso, de pasta dura, y expedia un suave olor a   rosas. Si, era feliz. No había duda.


Deseosa de un instante de soledad para beber una a una aquellas letras que indicarían el primer eslabón en mi vida. La clave, nadie debía saber. Indudablemente no era ese el momento.


El impacto de caminar en la noche rumbo a la U,  rindió sus frutos. No obstante este enérgico pensamiento me guiaría muy, pero muy lejos.

Le pregunté que pensaba si me enamoraba de él. Ella musitó: “Vívelo, si lo deseas” Le creí, y abrí la puerta a un infierno,  que si no tomo las riendas de mi vida en el momento preciso, hubiese sucumbido.

Le miré agradable, moreno, de mirada penetrante. No obstante, la intuición no engaña, algo en el fondo de mi ser me prevenía. Llevaba lunas sin saborear la delicia de amar y por ende, cedí mis alas a la confianza.

La luna dibujaba en el firmamento la luz de una nueva navidad y la estrella polar delineaba el sendero a seguir. ¡Todo era felicidad!

Una camisa amarilla, vestido verde en paño y zapatos cafés, fueron traje de boda.

Esa noche, una luz clarividente visitó mis sueños. Una capilla blanca con visos rojos y una novia vestida de blanco con el rostro cubierto, daban vueltas interminables. Quise tocarla, pero al extender mis manos, se difuminó en pedazos. Una pesadilla, una realidad. Un sudor frio recorrió mi cuerpo y me haló hacia la realidad.


Miraba su rostro a través del cristal de la cabina. Sentí pánico. Reviví minuto a minuto la estancia en mi sueño.


Deambulamos instantes que parecieron horas por aquella acera. No hablamos, el alma quizás cual extraña premonición, dibujaba en cada paso su triste sinsabor. Las calles de acceso al templo de San Francisco, se hicieron amplias e interminables, como interminable era el dolor de mi alma.

Un café, bebida de semillas tostadas y fruto molido, no tuvo el poder siquiera, a pesar de su gratificante aroma, de diluir de mi boca la pócima venenosa que bajaba por mi garganta.

¡Oh, delicioso aroma,  que inmerso se ha tornado!


Nadaron entonces en mi mente, un mar de sinsabores, hilvanando hieles y triturando versos hasta la caída inerme del crepúsculo nocturnal.

El monumento arquitectónico de dicho lugar, en cuyo interior se vislumbra tal belleza natural y espiritual, vivificó en sorbo de sanación.


Me vi, con mi mundo herido y quebrado en dos, sucumbiendo bajo mis pies.


Aquella argolla, cuyos finos matices difuminaba en distintas direcciones, no solo perlaba sus sueños y alhelíes, sino que cubría los míos con un manto de dolor, mentira y amarga desolación.


¡Fue un instante, en el que cambio mi cielo de rosas vivas, por rosas muertas!


El alma del firmamento nos extiende sus brazos ante el sufrimiento.


Caminaba con mis manos heridas y un dolor penetrante. Era incapaz de reconocer en ésa mirada tanta maldad.

Las horas se hacían días y los días meses. El dolor en su máxima intensidad se difuminaba.

Tomamos una bebida caliente. Me miro llorar, sentí doler su corazón. Mis manos abrigó con las suyas y vociferó: “ ¡Amiga, debes tener valor!

 

Es ella, de esas   personas en las que por la delicadeza de sus actos, se vislumbra en cierta medida el color del alma. Recibía presentes de su amado, de manera regular. Me encantaba ver sus hermosos anillos de oro y plata. Me atraía especialmente uno en forma piramidal. Plata y oro. Como ella misma. Me tendió siempre su mano ante cualquier asomo de dolor y desprecio. ¡Verdadera amiga! ¡Verdadera amistad!

 

Autora: Luz Marina Méndez Carrillo. 

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